lunes, 20 de agosto de 2007

TERRORISMO DE SILENCIOS.-



11 M. CURIOSIDADES DEL SUMARIO.
En julio de 2004, el juez Del Olmo ordenó, a solicitud de la Policía, la intervención del teléfono de un sospechoso, por su presunta implicación en la trama del 11-M. A partir de ahí, la intervención de su teléfono fue prolongándose mes tras mes, se supone que porque seguía habiendo fundados indicios de su relación, directa o indirecta, con los atentados. Las conversaciones telefónicas grabadas a partir de esa orden de intervención constan en una de las piezas separadas del sumario.
Pues bien, analizando esas conversaciones telefónicas, uno se encuentra con que unos meses después de ponerse su teléfono bajo observación, y mientras esa observación seguía siendo prorrogada por el Juzgado a solicitud de la Policía, el sospechoso en cuestión recibe un buen día una llamada de la propia Policía para proponerle... ¡un contrato de cinco meses como traductor de árabe!
Es decir, la Policía contrata como traductor a alguien que tiene el teléfono intervenido por su presunta relación con el 11-M. ¡Toma nísperos, que diría Jaime Campmany!
Luís del Pino.
LA SOCIEDAD ESPAÑOLA SIGUE SIN EXIGIR DE FORMA MASIVA LA VERDAD DEL 11M Y DEL ATENTADO DE LA T4.
“Silence = Death”. Silencio es igual a Muerte. En la década de los ochenta, este lema inundó las calles de Nueva York para que la ciudadanía reflexionara sobre su pasividad hacia la epidemia del SIDA. La palabra trajo vida a la ciudad poco después y a todas aquellas sociedades que se atrevieron a desafiar al silencio.
Han transcurrido ya más de tres años desde la matanza del 11M. Casi seis meses desde el asesinato a manos de ETA de dos ciudadanos ecuatorianos en la T4 de Barajas. Y, a pesar de la lucha de periodistas de investigación, Peones Negros y ciudadanos anónimos por la verdad, aquellos que en tiempos de José María Aznár querían saber han optado desde la victoria del Partido Socialista por el silencio y la indiferencia. Y, con ellos, la mayoría de los españoles.
Cientos de coches yacen a la espera del desguace desde hace meses en un lugar de acceso restringido del aeropuerto de Barajas. Son los testimonios mudos de la impunidad de la banda terrorista ETA en la vida de los españoles. Un desguace que no llega desde hace seis meses; sin embargo, los trenes del 11M, en los que se encontraban los restos de los explosivos utilizados para asesinar a 192 personas, fueron desguazados a los dos días de cometerse la matanza. La vista se pierde en ese amasijo de hierros, orden y limpieza. Silencio es igual a Muerte.
El aeropuerto de Barajas y, sobre todo la T4, es un complejo dotado de sistemas de vigilancia sofisticados. Las cámaras están presentes en cualquier parte del recinto. Sin embargo, seis meses después del atentado, todavía no se ha mostrado ninguna imagen de los terroristas ni del vehículo o vehículos utilizados. El silencio lo invade todo. La ciudadanía tampoco exige información. Los únicos rostros que se mostraron fueron los de las víctimas: Diego Armando Estacio Sivisapa y Carlos Alonso Palate Sailema.
Lejanos quedan los tiempos en los que, tras un asesinato cometido por la banda terrorista ETA, los rostros de los criminales eran mostradas en el telediario de la noche y en las comisarías de Policía. El gobierno de José Luís Rodríguez trajo a España una nueva forma de entender el terrorismo: el silencio. Precisamente el mismo silencio sobre la autoría del 11M. Descartadas las primeras reivindicaciones a las pocas horas de la matanza, todavía desconocemos quiénes diseñaron el atentado más sangriento de la historia reciente de Europa.
De los criminales sólo conocemos su objetivo: influir en la orientación del voto. A golpe de consigna, queremos saber, se movilizó a una cantidad suficiente de personas para cambiar el resultado electoral previsto. Sin embargo, la curiosidad se esfumó como una burbuja pinchada en cuestión de horas.
EL SILENCIO DEL 11M.
El atentado que costó la vida a 192 personas e hirió a otras 1800 suscitó una marea de indignación durante tres días. Especialmente virulentas fueron las manifestaciones del día 13 de marzo, jornada de reflexión previa a las elecciones generales convocadas para el domingo 14 de marzo. Esa jornada que, de acuerdo con la Ley Electoral, debería haber sido de silencio y sin interferencia de mensajes políticos. Una vez desalojado el Partido Popular del gobierno, se hizo el silencio. Silencio absoluto. A partir del lunes día 15, todo quedó olvidado. Parecía que nada hubiera pasado. En varios foros y blogs, algunos internautas reclamaban la creación de una comisión parlamentaria que investigara el atentado. En las calles, la indiferencia era total. Se asumió que los atentados eran el precio que España pagaba por el apoyo de Aznár a la guerra de Irak. Serían detenidos unos cuantos musulmanes. No faltarían unos cuantos considerados suicidas.
¿Suicidio? Silencio. Silence = Death. Llegó a constituirse la comisión parlamentaria. Pero se zanjó con mucha rapidez. Más silencio. Paralelamente, se instruyó un sumario curioso. Las evidencias fueron destruidas por orden judicial. Los restos de los trenes de la muerte, desguazados por RENFE durante los dos días siguientes a los atentados, fueron incinerados apenas dos meses después, junto con todos los efectos personales de las víctimas y el resto de su contenido, por orden del juez instructor. Silencio. Apenas empezado el sumario y mucho antes del juicio. España calla apacible, mientras digiere lentamente las dosis de muerte que se tragó aquel 11 de marzo. Los rostros de los asesinos siguen siendo invisibles.
EL SILENCIO DE LA T4.
El 30 de diciembre de 2006, la banda asesina ETA rompió su propio alto el fuego destruyendo el aparcamiento de la Terminal 4 de Barajas y acabando con la vida de dos personas. El presidente Rodríguez estaba descansando en Doñana, con los patos. Y allí siguió. No pasó nada. Sólo silencio. Al cabo de algunas horas, aparecieron en los medios las fotografías de los ciudadanos ecuatorianos desaparecidos Diego Armando Estacio y Carlos Alonso Palate. Se dijo en los medios que la Embajada de Ecuador había recibido del Ministerio de Exteriores de España un comunicado de su fallecimiento. España lo desmentía. En cualquier caso, sus cuerpos aplastados aparecieron finalmente. Pero fue un atentado silencioso. Un accidente, llegó a decir el presidente Rodríguez cuando, por fin, compareció. Un crimen sin asesinos. Nadie habló de ellos en ningún momento. Silence = Death. A pesar de que, en esta ocasión, sí hubo reivindicación de la banda terrorista ETA, la sensación general fue que no había pasado nada.
EL ROSTRO DE LA MUERTE.
Algo ha cambiado en España. La conciencia del terror se ha adormecido. Los asesinatos han pasado a ser accidentes. La muerte es demasiado silenciosa. Quizá sea porque, mediante una maniobra rápida y muy hábil, se nos ha sustraído el rostro de los asesinos. Así, cuando sólo existen los rostros de las víctimas y los de los victimarios dejan de existir, de ser visibles, la conciencia colectiva sólo reclama paz, en una inconsciente renuncia a la justicia y la libertad. La muerte ha sido despojada de rostro. No deja de ser una maniobra magistral. La muerte ya no es nada. La muerte ya sólo es silencio.
EL SILENCIO DEFINITIVO.
Y, para encerrar ese silencio, no sólo se ocultan los rostros de los asesinos que nunca existieron; también desaparecen el escenario y el arma del crimen. Se nos escamotean de forma limpia y quirúrgica, de forma tal que, transcurrido el tiempo, resulta casi imposible reconstruir los hechos, volver atrás. Las pruebas son eliminadas. Los trenes de la muerte son directamente arrastrados hacia el silencio definitivo.
Joan Valls e Inés Maldonado. Debate 21.

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