
Al Fatah podía haber acabado con Hamás y otros grupos terroristas hace años si hubiera querido. Pero nunca quiso. Al contrario, encontró en ellos la mejor excusa para que los occidentales, especialmente los europeos, les apoyaran. Al fin y al cabo, frente a Hamas o la Yihad Islámica, Arafat se presentaba como la cara amable y razonable del pueblo palestino. O él, o el caos y la violencia. Esa estrategia suicida se está viendo culminada en estos días, cuando el monstruo que alimentaron desde la Autoridad Palestina se les vuelve en contra y pide más. De hecho, lo pide todo, incluida la destrucción de Israel.
Europa se apresura a ofrecerse como mediador en este conflicto civil. No podía esperarse menos, pues Fatah se debe en gran medida al dinero y a los favores de la UE. Salam Fayyad, uno de los pocos palestinos liberales y moderados, se quejaba amargamente hace tiempo porque los radicales tenían las arcas llenas gracias al dinero de Irán y de Arabia Saudí, y el régimen de corrupción de Fatah, de euros de la UE, mientras que los verdaderos centristas estaban abandonados a su suerte. Una auténtica ignominia.
En aras a aliviar el sufrimiento Europa quiere hacer llegar a Gaza su dinero como sea. Pero con Hamás en el poder eso no significaría más que rearmar a un grupo terrorista. Pero convendría abandonar ya el paternalismo occidental y ponerse a trabajar a favor de todos aquellos palestinos que repudian la violencia y sólo aspiran a disfrutar de una vida mejor y convivir en paz con Israel. Los palestinos no necesitan un estado, necesitan uno auténticamente democrático.
GEES. Rafael L. Bardají (Publicado en ABC, 15 de junio de 2007).
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